Wednesday, May 10, 2006

La daga

La daga me miró, se asomaba entre las curvas de su espalda, y yo tuve miedo a moverme, me miraba con celo, me deseaba. Todas las noches sentí en el pecho la leve punzada del filo asomado entre los botones de su camisa. Ahi, la tarde poco a poco daba pie a la luz del medio dia, después la madrugada...
El sol de la mañana entró por su ventana, áspero, fulminante, y fue a posarse en el reflejo de su rosto, el rostro de la daga. No pude evitar la confusión, la ilusión desesperada, "Un ángel de luz! Un hada! El faro que delata a las sirenas! -lo que se escondia en el costado, el costado de su espalda. Pero, vi que no se movía, era la misma daga, ahí se quedaba nada más, mirandome, con sus dientes clavados en él. Me atreví a susurrarle, "al menos tú lo clavaste." Y no me respondió, el maldito puñal no me contestó, en la rabia intente clavarle mis ojos, pero de tanta luz me dejo ciega.
Al pasarse el encandilamiento con mis manos acaricié su oscuro cabello, su rostro angulado, su pecho, sus brazos, el cuello, sus hombros, las piernas, su piel, todo hasta poder llegar a su espalda. Era un plan infalible, mientras lo amara a él, la daga jamás adivinaría que existía algo mejor, algo más deseable que el acto de clavar. Mis dedos, mis piernas, tomaron ruta por el desierto de curvas, lunares, grietas y verrugas. Luché contra el deseo de dejar mis huellas plasmadas en las frescas arrugas.

Lo besé, para que no pudiera gritar, porque no sabía que tan profundo llegaba aquella daga en él. Lo besé para que tuviera algo que morder, soportara el dolor de las rasgaduras. Porque yo ya me había enamorado del maldito, inconciente, horroroso puñal, maldita daga insolente! Me hipnotizó su poder en mute, la paz de su veneno.
“Jamás te vió, a ti no te amó”. -Oh dilema, amor de mi vida, el ver tu muerte.

Mi mano poco a poco se acercó a ella, mientras coqueteaba con la idea de dejarla ahí, para siempre amarla, para soñar con ella y la posibilidad, la mera y pura posibilidad, el mañana que nunca llega. Si la arranco, sentirá dolor, un dolor que le recordara al de su inicial introducción, él sí pudo olvidar a la daga, y no como yo, que siempre que la miraba pensaba que era una llave para darle cuerda. él, el dolor que sentía en el pecho siempre lo atribuyó a la presión de mi piel, al calor de mis senos contra su cuerpo, pero eso sí, mis senos jamás se le olvidaron.

Troné por fin, no pude más, bailamos 10 canciones, y al momento de darnos el beso final con las dos manos tomé la de la daga, y empeze a jalar. “Vente conmigo navajita, no te hagas la dama, aprende a luchar frente a frente, miralo a él a la cara”. Pero ella no me contestó nada, como señora indignada mantuvo su postura. Maldije, grité, lloré, escupí, patalié y rasguñé. Logré arrancarle unos cuantos pellejos, pero la daga no salía. Para entonces él ya estaba boca abajo, ya no podía alzar la cara, más nada, no podía ver más que su propio cuerpo, zangoloteado por mi lucha con la daga obstinada.

Antes de darme cuenta, ya lo había tirado al piso, lo estaba aplastando, arrastrando su cuerpo, y él sólo se quejaba, -“me lastimas, me estas ahogando, no puedo respirar, dejame en paz, vete, sólo vete, por que me haces tanto daño?” Ignoré la espontaneidad de su melódica ignorancia, y cuando empezaba a encariñarme con el ritmo de su miedo, la daga falseo, se apoderó de mi mano y en vez de yo jalarla, ella comenzó a empujarme, y seguía igual de callada. Y eso me dió más coraje. El sudor me ardía en los ojos, mi piel caliente, moreteada por el esfuerzo, mi mano iba formandose pequeños musculitos, ampoyas que por la fuerte infección del contacto con la daga seguro terminarian siendo alberquitas de pus, “lo bueno es que a él le gusta nadar”, pensé. Y cuando ya sentí que mi mano se desprendería de su muñeca, empezé a llorar, porque él ya no se movía, ya no se quejaba. Ni siquiera se dignaba a odiarme en momento de tanta pasión.

Casi me daba por vencida cuando la daga salió disparada y fue tan grande mi arrepentimiento al ver como sus viceras salieron trenzadas, como un hilo infinito, se enroscaron en la base de la daga, y al final su corazón. Horrorizada, grité, "Lo destapé!"
Qué iba a saber yo que la daga era el tapón del hoyo negro que habitaba en el agujero de su espalda. Me acerque a revisarlo, y efectivamente, lo que siempre imaginé, no era un hombre en realidad, ahi en algún momento estuvieron sus alas. Intenté disculparme, pero él ya había quedado vacio en la verdad de su nada. La verdad, mata.

Luego, no me di cuenta que en la lucha me habia arrancado las mias, mis alas destrozadas, que por poco confundí con la alfombra. No supé que hacer y me puse a escribir. Cuando acabé tomé su cuerpo desinflado, sin viceras, sin recuerdos, ya sin nada, y lo doble con cuidado, uno, dos, un lado, el otro, cuatro. Con cariño lo besé y lo coloqué en el hoyo que chupaba a mi blusa por dentro Se quedó ahí. Dije: "Ahí, te quiero." La daga no pudo hacer nada más que mirar.